domingo, 19 de marzo de 2017

Trabajadores aumentados



En el mundo de la ‘carrera contra las máquinas’, en la que ya parece claro que los robots y la inteligencia artificial amenazan muchos de los trabajos que hoy en día desempeñamos, cada vez se vislumbra más claramente una posible alternativa basada más en la cooperación: la combinación del humano con la máquina, intentando así obtener lo mejor de ambos.

Bienvenidos a la era de los ‘trabajadores aumentados’.

Algunas innovaciones en este sentido buscan combinar la fuerza de las máquinas con la flexibilidad de los humanos: General Motors anunció recientemente que dotaría a algunos de sus operarios de fábrica con una especie de guante desarrollado conjuntamente con la NASA que les proporciona una fuerza inusitada, y compañías como Panasonic van aún más allá proporcionando completos exoesqueletos mecánicos a sus trabajadores que les permiten transportar sin esfuerzo pesadas cargas.

A diferencia de las anteriores revoluciones industriales en las que las nuevas máquinas aportaban únicamente fuerza física, la tecnología del siglo XXI es capaz de traer consigo también inteligencia y un volumen de información que nuestras limitadas memorias no pueden retener. Por ejemplo, los visores de realidad aumentada, permiten a los ingenieros pasearse por un edificio ‘viendo’ simultáneamente los datos de los planos o las instalaciones ocultas tras sus paredes.


Hasta aquí, quizá podríamos decir que se trata de las ‘herramientas’ del siglo XXI, un poco más sofisticadas, pero herramientas al fin y al cabo. En cierta manera, un martillo también ‘aumentaba’ a un humano ¿no?

Mucho más inquietante es cuando los ‘wearables’ (la tecnología que nos ponemos encima) dejan paso a los llamados insideables (la tecnología que implantamos directamente en el interior nuestros cuerpos).

Eso es lo que hicieron algunos de los residentes en un centro de ‘coworking’ en Estocolmo al implantarse un chip bajo la piel de la palma de la mano. Con estos dispositivos digitales que les identifican en su cuerpo les resulta más fácil abrir las puertas, usar las impresoras, intercambiar credenciales o pagar en la cafetería… (Nota: Si por casualidad estás por allí esta misma semana te animan a implantarte el chip a la vez que pruebas un whisky…).


¿Te parece muy fuerte?

Hace ya algún tiempo que algunos abogan por la fusión humano-máquina. El primer ‘cyborg’ reconocido por un gobierno fue Neil Harbisson, el británico criado cerca de Barcelona que lo logró cuando la administración británica aceptó su foto para el pasaporte con el implante sobre la cabeza que le permite oír los colores al convertir las frecuencias de luz en sonidos (Harbisson tiene una enfermedad que le obliga a ver en blanco y negro).

Ahora, el acceso universal a la información y a estas tecnologías está aumentando la efervescencia del movimiento biohacker, el ‘hazlo tú mismo’ aplicado a la biología que está lanzando a muchas personas a experimentar con sus propios cuerpos, conectándolos con dispositivos digitales y generando innovaciones que poco a poco van volviéndose más aceptables para el público en general.

En este movimiento se incluyen desde simples aficionados a la biología y a la electrónica hasta verdaderos convencidos del transhumanismo.

De la misma manera que estos movimientos hacker en principio minoritarios han ayudado a popularizar tecnologías como el software libre o la impresión 3D, ahora pueden facilitar la adopción de estas ‘mejoras’ de nuestros cuerpos. Recientemente, un estudio en el que han participado investigadores españoles, empieza a mostrar un significativo grado de aceptación en el uso de estos implantes.

Si insertarse un chip en la mano, a primera vista puede parecer invasivo, choca aún más cuando ya se empieza a trastear con el cerebro: la estimulación transcraneal directa (tDCS), se usa hace un tiempo para aplicaciones médicas o militares e incluso ha demostrado mejorar el aprendizaje de pilotos de vuelo. Ahora, esta tecnología está empezando ya a llegar al gran público: Por ejemplo, el pequeño dispositivo Thync, que tiene previsto salir al mercado esta primavera, promete incidir en el estado de ánimo o mejorar la capacidad de concentración de sus usuarios.

Esta colaboración funciona también en sentido contrario: Una compañía canadiense está usando por su parte a humanos para mejorar la inteligencia artificial de los robots (aprendizaje asistido por humanos).

¿Hasta dónde podemos llegar con esta fusión con las máquinas? ¿La unión de personas con la tecnología ha venido para quedarse o más bien se tratará de una ‘transición temporal’ hasta que la tecnología sea capaz de reemplazar totalmente al humano?

El visionario de Silicon Valley Elon Musk, apuesta por esta alternativa y aboga directamente por mejorar digitalmente los cerebros humanos para continuar siendo relevantes en un futuro plagado de inteligencia artificial.

Lo que me parece seguro es que la llegada de toda esta nueva tecnología que permitirá ‘aumentar’ a los trabajadores, planteará en poco tiempo nuevas cuestiones y retos. Por citar solamente algunos que se me ocurren:

  •  ¿Tendrá derecho una empresa a pedir que un trabajador se ‘aumente’ por ejemplo implantándose un chip?
  •   ¿Un trabajador que posea una de estas mejoras, optará a puestos de trabajo mejor remunerados que otro que sea simplemente ‘humano’? ¿Quién tendrá la propiedad de las mejoras?
  •  ¿El tradicional ‘desarrollo de personas’ en RRHH, deberá empezar a incluir una parte de ‘hardware’ ya que tiene el potencial de acelerar mucho las mejoras en el rendimiento?


Vivimos tiempos alucinantes. Ya me diréis qué opináis…

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