martes, 11 de julio de 2017

La economía colaborativa y el futuro del trabajo






Cuando hoy se habla del impacto de la tecnología en el futuro del trabajo, normalmente es fácil que la discusión derive hacia la posible sustitución de muchos empleos por la llegada de los robots y la inteligencia artificial.

Para mí esta automatización, sin dejar de ser importante, es únicamente uno de los tres grandes frentes del ‘cambio climático’ que estamos viviendo en el mundo del trabajo en los que la tecnología tiene un papel clave: El primero de ellos, la deslocalización de ciertos trabajos hacia países emergentes, nos llegó hace tiempo, y parece que va a seguir en activo, dado que aquellos países que recibieron trabajos hace años, ahora los están ‘deslocalizando’ a su vez a otras zonas.

El último gran frente, más reciente, suele pasar mucho más desapercibido: Me refiero a la explosión que estamos presenciando de plataformas de intercambio de bienes y servicios, cuyos ejemplos paradigmáticos y siempre citados son los gigantes Uber o Airbnb.


Del mismo modo que siempre se comenta con asombro que estas compañías lideran sus sectores sin tener los correpondientes activos físicos (p.e. Airbnb no tiene ‘hoteles’), hay que tener en cuenta que las plataformas de servicios son capaces de ofrecerlos a una escala sin precedentes sin tener empleados.

Un concepto en evolución


Desde sus inicios, este tipo de plataformas se han venido asociando a la denominación genérica de ‘economía colaborativa’ (sharing economy), lo que sugiere un punto de candidez y no refleja ya la diversidad de modelos que podemos encontrar bajo este paraguas.

Arun Sundararayan, profesor de la New York Stern y uno de los referentes en el tema, prefiere en su último libro, llamar a este fenómeno “capitalismo basado en plataformas” entendiendo que refleja mejor lo que hoy abarca un amplio abanico: desde el más purista intercambio sin ánimo de lucro hasta mercados super-eficientes que reportan enormes beneficios a sus gestores. Otros nombres que han ido apareciendo por el camino serían por ejemplo “On demand economy”, “Plattform economy” o “Gig economy” (la economía del ‘bolo’).

Las plataformas y el trabajo


La diversidad de servicios (y por tanto de trabajos) que pueden ‘uberizarse’ parece interminable y cubre todas las cualificaciones, precios y sectores. Por citar algunos: Upwork o Freelancer en el mercado generalista de todo tipo de trabajo ‘freelance’ digital, Taskrabbit en el de las reparaciones domésticas, Deliveroo para reparto de comida a domicilio, HourlyNerd para la contratación de expertos, Quierocanguro para cuidado de niños... e incluso un caso que he descubierto recientemente que no sé cómo clasificar: ConfesorGo para localizar al sacerdote más cercano en caso de necesidad (¡¿?!)

Todos ellos y muchos más tienen en común la creación de un mercado intermediado por una plataforma que pone en contacto la oferta y la demanda de servicios, que son ofrecidos por personal “independiente” (sin relación laboral con la plataforma). Los ‘empleados’ pasan así a ser ‘usuarios’.  

Desde una perspectiva más general, en este mundo pasamos de poner el foco en el empleo (job) a ponerlo en el trabajo (work). Nos movemos desde el desaparecido ‘empleo para toda la vida’ a multitud de trabajos simultáneos en distintas plataformas en las que ofrecemos nuestras capacidades personales o nuestros activos físicos (el coche o una habitación sobrante) para conseguir ingresos por distintos medios.

En las plataformas, en cierta manera, el nuevo jefe es el algoritmo que las gestiona y que nos empareja con la demanda basándose en le evolución del mercado en tiempo real o en la reputación que vamos logrando en la plataforma.

Entre la utopía y la distopía

Estos nuevos mercados de trabajo, ofrecen sin duda grandes oportunidades para muchas personas, cómo la de poder trabajar con gran flexibilidad y ofrecer un talento especializado a mercados antes inimaginables. 

Para las empresas, la posibilidad de acceder a un enorme filón de talento  a escala global, disponible 24x7 y adaptable a la evolución de la demanda en este mundo tan cambiante.

E incluso para los gobiernos hay buenas noticias, ya que les permite entre otras cosas ‘aflorar’ mucha de la economía sumergida que antes escapaba de su vista (y de los impuestos asociados).

Otras voces, por el contrario, avisan del riesgo de precarización e incremento de la desigualdad que este mundo de trabajo ‘independiente’ puede acarrear.

Ante la falta de datos en las estadísticas oficiales que aún no contemplan la diversidad actual en el mundo del trabajo, los estudios que empiezan a surgir alrededor de este fenómeno de analistas cómo el de McKinsey, el de Pew Research , Institute for the Future, o de organismos internacionales cómo la Unión Europea o la OIT reconocen las oportunidades, pero advierten también de los riesgos.

Se observan ya diferencias entre la percepción positiva de las personas que usan estas plataformas por voluntad propia, buscando la flexibilidad que ofrecen o como complemento a su salario estable, de la más crítica representada por las personas que las utilizan por falta de alternativas o como fuente principal de ingresos, que ven como estos son inestables y anhelan las protecciones (salario mínimo, seguros, etc) de las que otros gozan.

La reciente huelga en España de los repartidores de Deliveroo es una muestra de que este nuevo tipo de trabajo no va a estar exento de los conflictos que han existido desde siempre en el mercado ‘tradicional’. Un nuevo tipo de ‘sindicato’ como las agrupaciones RidersxDerechos (repartidores) o Las Kellys (limpieza) también  se adapta a los nuevos tiempos y usa las redes sociales para difundir sus reivindicaciones.

La legislación que aún no ha podido digerir estos cambios, está resolviendo de momento ad-hoc estos conflictos a golpe de sentencia, pero nos encontramos en un momento clave en que se está gestando una nueva manera de configurar la relación con el trabajo y la cohesión social que ha predominado desde la revolución industrial.

Creando el futuro


Están empezando a surgir nuevas propuestas que intentan cubrir esta transición, a medida que vamos explorando, como un ciego palpa las paredes de una habitación desconocida, el nuevo entorno.

Algunas ofrecen soluciones instrumentales como Factoo, la plataforma que permite facturar a personas sin tener la licencia de autónomo, o Traity una startup madrileña que ofrece un ‘pasaporte’ de reputación transportable de una plataforma de otra.

Otras, apuntan a posibles nuevos modelos sistémicos como el cooperativismo de plataforma que busca cubrir la falta de protección y repartir mejor los beneficios asociados a las nuevas plataformas entre los propios trabajadores/usuarios. Es el caso de SMartib, una cooperativa surgida en Bélgica en el sector artístico, acostumbrado desde hace mucho a esta ‘economía del bolo’.

Estas propuestas emergentes, no parecen ser aún la respuesta definitiva al reto planteado por las plataformas y queda por ver también el papel de estos nuevos intermediarios cuándo la enorme ola de desintermediación que se está gestando alrededor de la tecnología Blockchain les alcance.

En resumen, estamos viviendo un momento apasionante donde una tecnología que ha venido para quedarse ofrece infinitas posibilidades, pero que nos obliga también a mantener una actitud de sereno sentido crítico, dado que las decisiones que tomemos ahora marcarán si se materializa el futuro distópico o el utópico en el mundo del trabajo.

Para saber más, puedes escuchar la entrevista que hicimos Santi García y un servidor a Albert Cañigueral, uno de los mayores expertos en España en esto, en el podcast.

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