domingo, 17 de enero de 2016

Contra el trabajo por filosofía



Quizá  por el hecho de regresar a la rutina después de las vacaciones de Navidad, mientras deambulaba por una librería, la mirada se me clavó –cosas del subconsciente- en un librito llamado ‘Contra el trabajo’ (ed. Tumbona ediciones). El diminutivo no pretende ser despectivo: físicamente casi se puede encajar en la palma de la mano y tiene menos de cien páginas.

Recoge una breve recopilación de escritos de algunos filósofos de varias épocas contra la ‘ética del esfuerzo’ de la que tanto se habla hoy. Resumo aquí algunos pensamientos que me han parecido interesantes y que, a pesar de estar escritos hace muchos años, siguen pareciendo actuales.



Séneca (4 a.c-65 d.c)  en ‘Sobre la brevedad de la vida’ abogaba ya hace unos cuantos siglos por vivir el presente: “Nos perdemos el ahora por estar pendientes del mañana (suena a moderno, eh?) y así critica a los que siempre andan ‘ocupados’ pendientes del mañana : “La vida más breve y acongojada es la de aquellos que se olvidan del pasado, descuidan el presente y temen el futuro”.

En un tiempo en que el trabajo realmente duro se reservaba para los esclavos, Séneca incluye en este grupo a quienes viven atareados en la superficialidad (“Llamas tú ocioso al que con solicitud angustiosa colecciona bronces de Corinto?”), considerando que los únicos que viven como merece la pena hacerlo son aquellos que se dedican a la sabiduría: ‘¿Porqué no, desde este breve y caduco tránsito del tiempo, nos entregamos en cuerpo y alma a todo lo que es inmenso, eterno, a lo que nos emparienta con los mejores?’.

En el caso del inglés Samuel Johnson, por lo visto conocido además de por su pensamiento también por no ser demasiado laborioso, se han seleccionado para el libro un par de ensayos sobre el ocio publicados en 1758 en los que defiende que “todo ser humano es, o aspira a ser, un ocioso’. Al fin y al cabo, argumenta, la ‘condición ociosa es el último fin de estar ocupado’.  Me ha hecho pensar en cuantas personas trabajan duramente para acumular riqueza y así poder dedicarse a aquello que realmente les apetecería hacer… el día que se jubilen!

Johnson entiende la felicidad como la ausencia de dolor y por tanto para ser feliz habría que estar ocioso: ‘siempre he visto a la indolencia y al ocio como la misma cosa’.  Aunque hay que tener en cuenta que Johnson vivió en la Inglaterra del S.XVIII donde la revolución industrial resultó en unas condiciones de trabajo realmente duras, esta contraposición del trabajo con la felicidad está todavía  firmemente anclada en nuestra cultura, por ejemplo en el origen de la palabra “Negocio” (Nec Otium = No Ocio). Incluso mucho peor es el caso de la propia palabra ‘trabajo’, cuya etimología hay que buscarla en el latín ‘Tripaliare’, un yugo de tres palos a los cuales se ataba a los esclavos para azotarlos.

Nietsche (1844-1900) también veía al ‘trabajo como un medio, no un fin en si mismo’ y por tanto defendía la  búsqueda de un trabajo que proporcione placer aunque esto requiera que ‘…esta indolencia se acompañe de penurias, deshonor, riesgos para la salud y la vida’. Lo contrario, trabajar sin placer, lo consideraba ‘una vulgaridad’. Se quejaba de los tiempos que le tocó vivir en el final del s.XIX: “Se ha llegado al exceso de avergonzarnos del reposo…. Es preferible hacer cualquier cosa antes que nada” y se lamentaba de lo que se perdía con esa velocidad que empezaba a verse en la sociedad: “Ahora la auténtica virtud es hacer las cosas en menos tiempo que los demás…. ya no se tiene tiempo ni vigor para las ceremonias’. Más de un siglo antes de la llegada de Whatsapp y los emoticonos, se quejaba ya de que las cartas se escribían de acuerdo a esa exigencia de tiempo, con lo que llamaba ‘tosca sencillez’.  Hubiera sido interesante ver cómo habría transmitido sus pensamientos en los 140 caracteres de Twitter…

En su ensayo de 1932 , Elogio de la Holgazanería, Bertrand Russell (1872-1970) atacaba a la organización social que emanaba de una ética del trabajo que beneficiaba a unos pocos:  “…el concepto del deber ha sido un medio empleado por los poderosos para inducir a los demás a vivir para el interés de sus amos más que para el suyo propio”. Russell, que vivió en los inicios del siglo XX donde la tecnología parecía que iba a hacerlo todo posible, anticipaba que la automatización de las tareas iba a liberarnos del trabajo: “La técnica moderna ha hecho posible que el ocio no sea prerrogativa de las pequeñas clases privilegiadas… la moral del trabajo es la moral del esclavo, pero el mundo moderno ya no tiene necesidad de esclavitud”. Apostaba por tanto por una ‘reducción organizada del trabajo’ consistente en ajustar las  jornadas a 4 horas – suficientes para producir lo necesario con la tecnología existente-,  lo que habría de permitir que el trabajo alcanzara para todos.
Incluso esperaba que una mayor cantidad de ocio redundaría en que “los hombres y las mujeres al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos… la afición a las guerras también desaparecerá”.

Es revelador constatar como hoy en día, esta automatización es más bien vista como amenaza que como oportunidad liberadora.

En su obra de 1951 ‘Minima Moralia’, Theodor W. Adorno se quejaba de las barreras que separan el trabajo del ocio (“Work while you work, Play while you play”) , así como de la epidemia de ‘premura, nerviosismo e inestabilidad en la que ‘todos tienen siempre algo que hacer’. Incluso el trabajo intelectual “se lleva a cabo con mala consciencia, como si fuera algo robado a alguna ocupación urgente’.
Esto no ha ido a menos. Pensemos en lo que cuesta reunir a un equipo directivo para que reflexionen, o lo siempre ocupados que están un gran número de directores/as generales para los que nunca hay un momento para dedicar a pensar en el largo plazo (aunque sea respecto a la propia empresa en la que trabajan).

En el último de los fragmentos seleccionados para el libro, Emil Cioran (1911-1995) criticaba que el trabajo se ha convertido en un objetivo en si mismo, en algo que nos separa del crecimiento interior, de lo que debería ser ‘una actividad de transfiguración permanente”, una manera de ‘abandonar el yo interior’. Escribió: “El trabajo desplaza el centro de interés del hombre de lo subjetivo a lo objetivo …el hombre no se hace a sí mismo a través del trabajo, hace cosas”. Por eso, prefería ‘una pereza inteligente y observadora a una actividad intolerable y terrorífica’.


¿Os ha hecho pensar?….

Ilustración: La Siesta (Martí Alsina)


Para seguir actualizado sobre el futuro del trabajo, puedes seguirme en twitter

1 comentario:

  1. I tanto que hace pensar. Creo que vivimos en la cultura de la avaricia: acumulación de riqueza, acumulación de privilegios, acumulación de trabajo. Las máquinas no nos liberan de la esclavitud del trabajo porque el poco trabajo que quede no se reparte equitativamente sinó que se prevé que lo acapare una minoría dejando a la mayoría a la intemperie. ¿Como evitarlo cuando al mismo tiempo las organización social ha caido en el burocratismo y el desprestigio?

    ResponderEliminar