lunes, 30 de enero de 2017

Pensar en pequeño



Uno de los últimos documentos producidos por la administración de Obama, reflexiona sobre el papel de la inteligencia artificial y la automatización en la economía de Estados Unidos, augurando un impacto positivo sobre la productividad del país gracias a estas tecnologías, pero mostrando también cierta cautela por el impacto que estas pueden ocasionar sobre los puestos de trabajo, en especial los realizados por los sectores menos formados de trabajadores que podrían ser reemplazados por las nuevas “máquinas” inteligentes.

Dejando a parte el análisis, la frase que más me ha llamado la atención del texto es  precisamente ‘Technology is not destiny ( “La tecnología no implica un destino”). Los autores quieren dejar claro que no estamos necesariamente predestinados a un futuro distópico en los que los robots van a mandar a la pobreza a millones de trabajadores al quitarles su sustento, sino que van a ser las decisiones y políticas que se tomen las que decidirán el futuro. Aconsejan por tanto a su gobierno invertir en el desarrollo de estas tecnologías, pero a la vez educar a los ciudadanos para ‘los trabajos del futuro’ y modernizar la red de soporte social (seguros desempleo, etc) para minimizar los efectos negativos de la transición.


Para mí, esto es lo que cabe esperar de alguien que está gobernando el futuro de un país: una mirada al futuro y atenta a los cambios que  se avecinan para poder adaptar las políticas (en las que luego se puede estar de acuerdo o no). 

Especialmente, en el ámbito tecnológico es importante tener el radar bien sintonizado. Una reciente visita a la Singularity University, en el corazón del Silicon Valley, donde a uno le deslumbran con las posibilidades prácticamente ilimitadas de la tecnología actual (desde la biología a la realidad virtual), nos hizo pensar a muchos de los que estábamos allí que la tecnología que va más rápido de lo somos capaces de asumir como sociedad.

Uno de los temas que quieren allí que te quede clarísimo, es el concepto de ‘tecnologías exponenciales’ que se caracterizan por multiplicar cada año su capacidad (como la famosa ley de Moore sobre los ordenadores).

Frente a este tipo de fenómenos que siguen una progresión que al principio crece lentamente para despegar de golpe, la reacción natural de nuestros cerebros evolucionados en entornos lineales es sobreestimar a corto y, por el contrario, subestimar a largo: Nos decepcionamos porque las promesas iniciales de las nuevas tecnologías no parecen cumplirse al principio hasta que nos rompen todas las previsiones.

Ante tecnologías que avanzan a estos ritmos, parece recomendable empezar cuanto antes a plantear escenarios y alternativas a los retos que pueden suponer para una sociedad que avanza a un ritmo mucho más lento y lineal.

En el muy recomendable Homo Deus, Yuval Noah Harari menciona el ‘arma de Chejov’ (un principio dramático según el cual si un arma aparece en el principio de la historia, con toda seguridad va a ser disparada en los capítulos posteriores) como aviso de que la misma tecnología que puede convertir a los humanos en prácticamente dioses, puede también hacernos irrelevantes, especialmente para ciertos trabajos.

En este caso, las ‘armas’ ya han aparecido hace un buen rato en la película que estamos viviendo: La inteligencia artificial y la automatización en general han venido para quedarse y sus avances son espectaculares, como marcan las reglas de lo exponencial: Hace solamente unas pocas semanas Uber invitaba a probar su nuevo servicio de vehículos autónomos en San Francisco y Amazon anunciaba su tienda Amazon Go, donde es posible entrar, coger lo que necesitas e irte sin colas y sin hablar con nadie….

Todas las semanas aparecen noticias de este tipo, que pueden implicar que muchos trabajos que hasta ahora han sido realizados por humanos (conducir o atender en una tienda) pueden ser automatizados.

Una de las expertas de Singularity University no dudó en calificar en un debate sobre el futuro del trabajo a los efectos de la automatización, como  un “cambio climático económico” que no estaba recibiendo la atención necesaria y comentó medio en broma que quizá ayudaría un documental parecido a ‘Una verdad incómoda de Al Gore que colaboró a situar en la agenda pública el problema del carbono.  Me alegró decirle que justo en esta línea se ha estrenado ‘In the same boat’ en el que aparece nada menos que el desaparecido Zygmunt Baumann.

A parte del apoyo de la opinión pública, lo que está claro es que estos desafíos globales van a necesitar por parte de nuestros gobernantes una reflexión pausada y basada en las evidencias de la mejor calidad que puedan obtener.

Por desgracia, me parece que vamos en dirección contraria. Las primeras semanas de Trump, no dan precisamente motivos para la esperanza. La negación por parte del nuevo “líder mundial” de algo tan establecido como el cambio climático y el derribo de las políticas para controlarlo no nos permiten acoger muchas esperanzas sobre su actitud futura ante ‘el otro cambio climático’ que se está gestando: el producido por el impacto de la tecnología en el trabajo.

Me temo – y espero equivocarme – que no vamos a ver en la época Trump muchos documentos con mirada amplia al futuro como el que abre este artículo, sino más bien exabruptos como las recientes restricciones a la inmigración en un país que ha construido su riqueza gracias a atraer el talento de todo el mundo.

Para terminar, me gustaría citar una frase que nos dijo el profesor Amin Toufani, en su charla en Singularity y que creo que viene a cuento de lo que estamos viviendo :

 "The biggest risk is not thinking big enough" (El mayor riesgo es no pensar suficientemente en grande). 

Pues eso.

Para seguir actualizado sobre el futuro del trabajo, puedes seguirme en twitter




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada