jueves, 26 de diciembre de 2013

Tomárselo con humor

Estas Navidades he dado por casualidad con el libro "La oficina en The New Yorker", que recoge viñetas humorísticas sobre la vida en el trabajo aparecidas en este célebre semanario a lo largo de su historia, que se remonta a los años treinta.



Cerrando este año especial para mi, en que precisamente he puesto en marcha un proyecto de consultoría enfocado a adaptar las empresas a los nuevos tiempos y escrito junto a Santi García un libro centrado en explorar el "futuro del trabajo" revisando las tendencias más innovadoras, hojear esta selección ha sido a parte de divertido, una ducha fría de realidad: los chistes tienen gracia porque la mayoría de las situaciones que exprimen los dibujantes siguen ocurriendo en las organizaciones de hoy, a pesar de que algunos dibujos fueron hechos hace más de 50 años.

Así que me ha parecido una buena manera de cerrar con un poco de humor el año hacer una ‘reseña’ del libro usando estas viñetas para subrayar la tarea que queda por hacer en el mundo de las organizaciones.

La principal conclusión que uno puede sacar al ver los dibujos es que el trabajo sigue siendo para muchos solamente algo que hay que hacer para poder vivir o directamente un infierno: Las distintas encuestas que existen apoyan esta visión pesimista del trabajo, como por ejemplo el último informe de Gallup que sitúa en un pobre 13% los que se definen como comprometidos (“engaged”) en su trabajo (y uno de cada cuatro como ‘activamente no comprometido’, o sea directamente negativos para sus organizaciones). Esto no habla muy bien de las décadas que llevamos desplegando  Management”, “Gestión de Personas”, “Técnicas de liderazgo”, etc…




Me atrevería a aventurar que la causa de un fracaso tan estrepitoso no hay que buscarla en las técnicas empleadas o en las personas involucradas, sino en un problema de diseño básico de la mayoría de las organizaciones donde se produce el trabajo hoy: estas fueron diseñadas para la ‘eficiencia’ de los procesos propia de la Era Industrial, y no para conseguir el compromiso de los creativos seres humanos (como dijo Henry Ford: ¿Porqué cuando pido un par de brazos me vienen con un cerebro?).

La imagen de los ‘cubículos’ que tan bien reflejan muchas de las viñetas de este libro y de las tiras de Dilbert me recuerdan mucho al empleado de la cadena de montaje concentrado únicamente en lo que tiene delante – ¿su trabajo? - sin interaccionar con otras personas.



Estas estructuras que dividen la organización entre ‘los que piensan’ y ‘los que hacen’, pueden ser muy eficientes para producir de manera predecible, pero a cambio tienen como efectos secundarios el deterioro de la capacidad de innovación y la necesidad de una interminable jerarquía de mandos intermedios que asegure el control y la transmisión de las “órdenes” desde el “puesto de mando” centralizado.

Esta estructura suele hacer que las organizaciones dediquen más tiempo y neuronas a gestionar su propio sistema con burocracia y política que al contacto con su cliente, aspecto que en muchos casos se ‘externaliza’ (quien haya recibido estos días llamadas desde la otra punta del planeta para tratar de convencerle de que cambie de operador de telefonía entenderá a lo que me refiero).



Otro efecto de la estructura jerárquica basada en el control es la creación de ‘managers’ cuya función principal es la de controlar el detalle del trabajo de sus subordinados (micro-management), lo que les impide dedicarse a aportar más valor. Llevamos muchos años hablando de ‘liderazgo’ cuando queríamos decir ‘gestión’.



Para terminar con un poco de optimismo, afortunadamente estos primeros meses como consultor, me han permitido constatar que existe verdadera demanda de transformación y que la necesidad y las ganas de hacer levantar del sofá a las organizaciones, volviéndolas más ágiles, es común en todos los sectores (desde la Banca al ‘Tercer Sector’).

Para ser honestos, muchas veces esta demanda está impulsada por los ‘chalados’ que habitan dentro de las jerarquías y que quieren cambiar el status quo desde dentro (‘intraemprendedores’ sería un nombre más correcto). He tenido la suerte de conocer en pocos meses a muchos de estos ‘locos y locas’ y de ver como luchan contra viento y marea por salvar a su organización de una muerte lenta, quizá sin el reconocimiento que merecen, pero esto lo dejo para otro post del año que viene…

En fin, os recomiendo el libro y os animo a descubrir más 'perlas' en él.

Feliz 2014!




Nota: Imágenes reproducidas con permiso de la editorial, Libros del Asteroide.



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